EL RVDO. BARCO, COMO MONSEÑOR UREÑA, VÍCTIMAS DE LA CODICIA DEL CARDENAL OMELLA

El Rvdo. Barco asistiendo en Misa al celebrante Monseñor Ureña

"Soy Mossèn Barco. Acabo de leer este artículo y no puedo dejar de pensar en lo que han hecho y están haciendo conmigo.
El cardenal Stella impuso ya hace tiempo a mi obispo Mons. Reig Pla, que lograse que yo plasmara mi firma en una renuncia voluntaria al ministerio sacerdotal.
Nunca accedí a esa despótica manipulación de mi voluntad y de mi conciencia.
Por ello, el cardenal Stella impuso a mi obispo Reig que me iniciase un proceso de expulsión. En mayo 2016, después de intentar recabar fundamentos para abrirme dicho proceso judicial, Mons. Reig comunicó a Stella que según derecho canónico no se daban las circunstancias para abrir ese proceso.
Y AHORA VIENE LO MÁS FUERTE: El dictador Stella escribió a mi obispo Reig (he tenido en mis manos la carta original) y le comunicó que iba a solicitar al Santo Padre la dispensa de todas las irregularidades e inobservancias del Derecho que hicieran falta para expulsarme del sacerdocio. Y que para facilitar las gestiones, apartaba a Mons. Reig de mi tutela, y confiaba mi caso a Mons. Omella.
En varias ocasiones comuniqué al Sr. Omella, incluso con documentación legal y jurídica, que se estaba procediendo contra derecho e injustamente. Pero Omella no retrocedió y siguió adelante con los faroles.
El Sr. Omella es intrínsecamente perverso en su modo de actuar. Intentó justificar lo que hacían conmigo afirmando que había en Roma una denuncia contra mí por parte de la Diócesis de Alcalá. Pero resulta que se solicitó por Juzgado Civil a la Diócesis de Alcalá si me habían acusado o imputado por algo, y respondieron que NUNCA.
Omella es por lo tanto sabedor de lo que está ocurriendo pero se ha negado a comunicar esto último a Roma. Eso evidencia que su actitud no es neutral.
El mismo Vicario Judicial de Barcelona, Santiago Bueno se atrevió a decirnos que si el cardenal Omella me defendía ante Roma, le iban a reprochar haberse cambiado de bando, después de lo ocurrido en Zaragoza.
Esto quiere decir que es necesaria mi destrucción para que el montaje de Omella y sus compinches en el derribo del arzobispo de Zaragoza siga pareciendo que tuvo fundamento.
Yo vivo literalmente de limosna, y no he dejado ni dejaré de celebrar la Santa Misa diariamente, sin dejar de nombrar en ella al arzobispo Juan José, aunque me considere su enemigo, no lo soy. Más bien él se manifiesta como enemigo mío sin escrúpulos. Y en parte le entiendo. Soy el cabo suelto de su trama zaragozana.
Aprovecho para manifestar a los articulistas de Germinans, Mossèn Espinar y Oriol Trillas, mi perplejidad al ver que jamás han hecho comentario alguno sobre esta situación en la que me encuentro.
A ambos los conozco desde mi niñez, y no puedo comprender el desinterés que están evidenciando sobre todo esto.
Si es porque no tienen claro o dudan de algo, tengo sobrados documentos oficiales y originales que avalan todo lo que manifiesto, y que pongo a su disposición si lo desean".

No, esto no es un escrito del Rvdo. Barco en mi Blog. Esto es un comentario publicado por el Rvdo. Barco en el Blog Germinans Germinabit, propiedad de un grupo contestatario de Barcelona que vigila las actuaciones de la iglesia catalana que rompen con la tradición y la doctrina. El lector puede revisitar la Entrada en el Blog donde se documentaba la certificación del obispo de Alcalá de que nunca habia habido denuncia de ningún tipo contra el Rvdo. Barco. Y puede verla haciendo clic aquí. Para más comodidad del lector copio el contenido de la Entrada que aquí comentaba el Rvdo. Miguel Ángel Barco y lo enlazo a la página de los blogueros de Germinans Germinabit:


"Para echarse a temblar: ése es en efecto el camino del absolutismo y de la arbitrariedad. Lo que nos proporciona seguridad jurídica es que haya leyes seguras, que no dependan del capricho de los que mandan: sean reyes, Papas o pueblos (es decir democracias), que la democracia, por la fuerza de los números nos puede asegurar algunas cosas: pero no la equidad, la sensatez, la verdad, la bondad… la democracia no es garantía ni de equidad, ni de sensatez, ni de bondad. Hitler se hizo con el poder de la manera más democrática; por consiguiente todo su régimen fue un infausto parto de la democracia. Como tampoco nos puede asegurar nada de eso, el hecho de que sea el papa o el mejor de los reyes quien decida torcer las leyes a su voluntad. Pero bueno, si hasta Dios, que es por sí mismo la Bondad, la Santidad, la Equidad, la Justicia, ha preferido darnos leyes para no obligarnos a depender sólo de su libre arbitrio por más dotado que esté de Sabiduría infinita, de Santidad, de Bondad y de Justicia; si hasta el mismo Dios nos dio sus Diez Mandamientos, la ley más inamovible de todas las que han existido en la historia del hombre, porque el hombre necesita tener la seguridad de que se está comportando conforme a la voluntad de Dios y por tanto, conforme a la bondad, a la verdad y a la equidad, ¿qué tendremos que decir de las leyes de los hombres? La ley está para dar seguridad, para blindarnos contra caprichos y veleidades del poder… incluso si fuese el caso, para defendernos de los posibles caprichos y veleidades de Dios. No es el caso del Dios de Jesucristo, ciertamente. Pero sí el de Alá que, por decirse omnipotente, puede hacerlo todo ¡hasta el mal! ¿Qué decir por tanto de la seguridad jurídica que están obligados a darles todos los gobernadores a sus gobernados?

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Pero he aquí que la sacralización de la democracia nos ha llevado a concederle a ésta, privilegios de los que sólo gozaron los tiranos. El poder, por ser poder (sea del mónos, sea de los oligoi, sea de los aristoi, sea del demos, sea de la plebe plebiscitaria, sea del déspota), es insaciable, y por eso tiende a ser totalitario y despótico. No tenemos más que ver cómo crece el poder en nuestra sociedad, y cómo se esmera en asumir a toda costa la responsabilidad de nuestra manutención (se ha reservado las áreas de la salud y la educación en la inmensa mayoría de dominios): y no para de crecer ese afán, que sólo es sostenible con el crecimiento en paralelo de los impuestos, es decir de la esclavización a tiempo parcial. Pero fíjense que, en Europa, el poder político mantiene hasta a la Iglesia: a costa de los impuestos, claro, es decir a costa de cotas cada vez más altas de esclavización. Es que, ¡mira por dónde!, sus ansias de mantenimiento no tienen límite. Es su peculiar sentido de la bondad: y como no podía ser de otro modo, la principal ley anual, es la de la manutención con los respectivos impuestos: es la del reparto de cuotas de esclavización y manutención. Eso es así porque el modus vivendi del Estado, sea cual sea su forma política, es nuestra manutención. Una vez establecido que lo óptimo es que cada vez gasten más en nuestra manutención, lo obvio es que cada vez sea mayor el peso de los impuestos. Admitamos pues que, por oneroso que sea, cualquier sistema de poder, del despótico al democrático, tiene todo el derecho a “legislar” sobre capítulos de manutención (cada vez más, entre ellos también la seguridad) y capítulos de impuestos (también al alza). Evidente, porque es así como funciona todo sistema de poder: mediante imposición, es decir mediante impuestos. Pero lo que está fuera de todo orden y de toda sensatez es que las ansias de dominación de nuestros políticos les hayan llevado a legislar sobre las leyes físicas y biológicas, sobre historia y religión, sobre moral y prosodia. Sobre cualquier cosa: como si el poder otorgase conocimiento. Allá van leyes do quieren reyes, en un ejercicio de fatua ostentación de poder de los que mandan, y de servil adulación de los que obedecen. Comprensible en los que obedecen a sueldo; pero alucinante en los que les regalan su adhesión y asentimiento a esos adictos del poder. Un Estado de Derecho (e incluso los que no merecen esa digna calificación) se sostiene sobre un entramado de leyes estables (conditio sine que non para merecer la calificación de leyes), a las que están sujetos todos los miembros de la Nación, ya sean soberanos, ya sean vasallos. Porque si el soberano, llámese como se llame, no respeta las leyes o prescinde de ellas a su conveniencia, coloca a su Estado en una situación lastimosa tanto para él mismo como para sus súbditos. 📷Y lo que vale para un Estado, vale para cualquier institución, llámese asociación, club, empresa o iglesia. El grado de cumplimiento de las leyes que cada institución se ha dado, es el termómetro de su nivel de salud. Un Estado o una institución en que allá van leyes do quieren reyes, es una institución muy enferma. Y a menudo se trata de enfermedades que anuncian la muerte. Por eso es vital que haya en ellas personas y equipos (especie de organismos de defensa) cuya función sea vigilar que nadie pueda irrogarse ningún género de soberanía sobre las leyes. Las leyes son sagradas: y no están hechas para defender a las personas concretas, por alto que sea su rango (lo cual sería una forma de privilegio, es decir de ley privada), sino para defender a la institución, que es patrimonio de todas las personas que la forman; no de sus dirigentes. Uno de los elementos a los que debe su prolongadísima perduración en el tiempo una institución bimilenaria como la Iglesia, son sus normas de funcionamiento interno, que en este caso se llama Derecho Canónico. Constituye por tanto un grave atentado contra la integridad de la Iglesia todo desgaste y laminación de ese Derecho, trasvasando a la arbitrariedad de la jerarquía de turno, lo que era derecho de la institución, y por tanto de todos sus miembros por igual, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos: sin que los haya que tengan el privilegio (ley privada de ellos solos) de dejar las leyes en suspenso cuando así lo consideren o les convenga. Y si esas transgresiones se permiten con las leyes de menor rango, en las que se defiende la igualdad de derechos y deberes de todos sus miembros, tarde o temprano alcanzan a los revestidos del máximo poder. Eso, exactamente eso fue lo que ocurrió repetidamente en el gran Cisma de Occidente: los que tiraban de los hilos del poder, tanto dignatarios de la Iglesia como príncipes de este mundo, se saltaron las barreras de la ley de la Iglesia, del Derecho Canónico, cada vez que la transgresión les favorecía. Convirtiendo así el Derecho en algo que pone límites sólo a quien no tiene la fuerza o la audacia necesarias para saltárselos.

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En efecto, en la Iglesia, el tema de la elección (y el pretendido derecho de deposición) del papa, ha sido quizá la más decisiva piedra de toque de la supremacía de la legalidad instituida, sobre cualquier interés (por legítimo que fuese) que chocase con ella. Y ahí fue donde se produjo la gran mascarada. ¿Qué tenemos pues? Un papa pusilánime que cede al capricho del rey de Francia de que la sede del Obispo de Roma esté en Aviñón. Y que se pliega a la voluntad del rey para conformar un colegio cardenalicio a su medida: a la del rey. Unos habitantes de Roma que al ver que la ciudad se ha arruinado por la ausencia del papa, montan un violento motín para exigir-bajo amenaza de muerte- a los cardenales reunidos en cónclave la elección de un papa romano o al menos italiano, decían. Tras la desastrosa elección, todos los cardenales la declaran nula y eligen un nuevo papa que acabará de nuevo confinado en Aviñón. Un concilio en Pisa que declara ilegítimos a los dos papas -al romano y al aviñonés- y elige un tercero. Otro concilio, el de Constanza, convocado por el príncipe Segismundo de Moravia, luego emperador del Sacro Imperio Germánico (ojo, que no es un miembro de la jerarquía eclesiástica) y avalado luego por un tal papa Juan XXIII -el de Pisa- en el que, saltándose todos los protocolos y leyes de los concilios, se pone fin al enredo. Y es ahí donde aparece nuestro Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, como voz que clama en el desierto (en el largo cautiverio de Aviñón y en el exilio de Peñíscola), defendiendo el principio de legalidad canónica como el principal bien de la Iglesia a proteger en ese momento. Y es que en ese momento los príncipes del mundo se conformaban con poner y quitar papas y llevarlos de aquí para allá. Hoy no les basta: poner y quitar papas, también. Les sobraba Benedicto XVI y no pararon de acosarle con campañas de desprestigio en el exterior e insidias en el interior. Ahora, sin embargo, pretenden cambiar la doctrina y hasta la teología de la Iglesia. Y en ello andan algunos empleados bien a fondo. Sólo así podrían -no podrán- convertir a la Iglesia en una inofensiva ONG, dedicada exclusivamente a atender a la marginación social que generan las corruptelas de un sistema podrido que, obsequioso, otorgaría la subvención. Menos mal que el poder de la muerte no la podrá destruir… (cf. Mateo 16,18) a pesar de todo lo que la maltratamos. ¡Dios sea bendito! Custodio Ballester Bielsa, Pbro."


Mossèn Custodio Ballester, el firmante de este artículo, es otro caso de un cura ajusticiado por Omella, para contentar la erótica del poder de la alcaldesa socialista de L´Hospitalet de Llobregat, que pidió al cardenal que echara a Custodio de la parroquia por celebrar una misa por las almas de los caídos de la División Azul, misa que le pidieron y que como buen sacerdote ofreció en nombre de a Iglesia. Así como Pilatos contentó a un emperador Romano, Omella se sintió obligado por una alcaldesa charnega de la ciudad no-capital de provincia más poblada de España.

Si volvemos la vista a Zaragoza, y hacemos un zoom enfocando a la iglesia más importante después de las dos catedrales, Santiago el Mayor en la avenida que lleva el nombre del Emperador romano Cesar Augusto, vemos un caso que llama la atención por diametralmente opuesto al caso del cardenal Omella: aún siendo Zaragoza la Diócesis donde se estrenó Omella como obispo auxiliar, en la mencionada parroquia sirve como cura el exjuez de la diócesis y como cordinadora de actividades pastorales la exnotaria, ambos denunciaron a su arzobispo Vicente Jiménez siguiendo, alás, el consejo de Omella por wasap. Le denunciaron, con el visto bueno del mismísimo Papa Francisco, por despido improcedente de la ahora exnotaria. Pero siguen en una parroquia y el arzobispo Vicente Jiménez no carga contra ellos ningún odio personal, si lo tuviera. Y lo más chocante, el 20 de noviembre de 2019 se celebró, de nuevo, una misa por el eterno descanso en la Paz de Dios del alma de Franco, con hurras de ¡Arriba España! al acabar. El arzobispo Jimenez, al que Germán Arana coaccionó por carta cuando despidió a la Notaria María Carmen Amador, y al que Omella también le llamó la atención, ni se inmutó. Debe de ser que Zaragoza es España.

Omella en cambio opta por llenarse la boca de palabras de Fraternidad y diálogo, mientras quita de enmedio a cualquiera que le haga la mínima sombra a su ego personal.